Historias
de Campo de Oiguirribigorriaga de nombre Chajá y de apodo Ñandú, son simplemente
recopilaciones e inventos de su cabeza, sobre hechos no del todo reales pero que
adornaron en alguna medida las reuniones en algún boliche del campo, grapa
mediante. Cuando digo del campo, me refiero a un pequeño pueblo de alguna
provincia de la Pampa Húmeda o del Litoral. Uno de esos pueblos muy cerca de una
gran dudad y que nunca tuvieron la posibilidad de criarse totalmente solos.
Aquellos pueblos en donde el paisanaje poco a poco se fué llendo hacia
diferentes lugares y en dónde el campo fue quedando despoblado. Si bien muchos
no han dejado de volver a ellos, pausadamente se hizo más difícil llegar, pues
se nota cómo todo ha cambiado y cómo se han ido aquellos personajes, cómo se han
ido diluyendo las alpargatas y los chambergos entre zapatillas y gorras de
alguna marca cerealera.
Todos los personajes que evoca el Ñandú en sus Historias del Campo, intentan mantener en el recuerdo las entrañables . bellezas de una vida sana, mientras un fogón invita a la conversación y a la guitarra.
El Chajá Oiguirribigorriaga, el vasco, era conocido en el pueblo como el Ñandú porque era muy parecido a un tero y siempre se desorganizaba a los gritos cuando se enojaba. El Chajá describe el lugar tratando de arrojar las características de manera tal de poder tener una visión amplia de su gente, sus parentelas, sus dichos y sus comparaciones, sus apodos y sus monotonías.
El Chajá fue famosísimo por sus mentiras. Era tan mentiroso que tuvieron que velarlo por tres días para estar seguro que se había muerto. Tenía la extraña habilidad de contar con solturas y malas palabras las anécdotas ajenas que a él le llegaban. Tenía el don del invento espontáneo y de por sí era gracioso, caminaba aleteando los brazos con pasos largos en un movimiento uniforme. Cuando llegaba al boliche, la palma de la mano derecha se apoyaba en el borde del mostrador, movía los dedos desde el meñique hasta el índice, se ponía la otra mano por adentro de la bombacha como para rascarse, movía el pucho de un lado para el otro y con voz ronca decía... grapa!. Al lado de él se estacionaba el Guané, un zorrino que tenía de perro, y se hechaba a la sombra. El Guané, un bicho sabio, siempre lo acompañaba a todas partes trotando al lado del estribo.
El Chajá había estado en alguna, pero no todas las ocasiones, que él mismo nombraba en sus relatos. Siempre inventaba personajes nuevos de apodos extraños que según él llegaban pueblo en busca de alguna changa o eran parientes de alguno de los parientes de él mismo. El Chajá los incluía en sus historias como si los conociera de toda la vida. El amigo del protagonista era siempre amigo del Ñandú.
El Chajá se hizo famoso de golpe cuando en el boliche "La Mondiola Viuda" se largó a contar con detalles inventados las andanzas del Lobuno Zárate, el Feo Baresse, el Vasco Maspalustiza, el Gringo Muntaotro, el Pomelo Santiyán, el Carpincho Weissmüler y otros más. Era un tipo muy divertido, tranquilo, pausado, pero a veces calentón y de pocas pulgas. Si bien se defendía para tocar la guitarra, cantaba como un animal, era muy bolacero, buen observador sin embargo, pero muy vago, pa’variar.
El Chajá fue bautizado como Ñandú cuando la Trucha, el Bagre y la Mojarra Mendizábal
lo vieron correr por un potrero con varias gallinas robadas atadas entre sí y un chancho en una bolsa de arpillera tapada de agujeros. Los perdigones de la escopeta del Pomelo Santiyán le pellizcaban los talones finitos de sus largas piernas, que en la tierra arada se desparramaban desarmoniosamente en un movimiento absolutamente desorganizado.
El Chajá era un tipo flaco, no muy alto y casi pelado, se notaba que tenía el pelo bien cortito. La grapa y las gallinas robadas le habían hecho un depósito en la mitad de su persona que de noche y a contraluz parecía una culebra que se había tragado un huevo. De día, cerrando un ojo y de cerca, era la viva imagen de un hombre pícaro. Tenía una cicatriz en la panza que se la hiciera un jabalí en épocas de caza con el Lobuno Zarate, segun el mismo contó alguna vez...
De ojos claritos, pero grandes, por debajo de cejas pobladas negras y fuerte bigote negro, acostumbraba a llevar sobre su calvicie, una boina negra traída de allá y que supo ganar en una domada luego de desmayar de un palo en el lomo al Carpincho Weissmüller, el jinete que perdió el evento. Adentro de la boina, el Chajá guardaba las ranas y lombrices para cuando iba a pescar y de cuando en cuando se le podía encontrar algún cheque..., robado a menudo. Pañuelo amplio al cuello, trancado con una argolla trenzada en tientos, ganada en la misma domada y al mismo jinete. La camisa a cuadros, arremangada hasta bien arriba, con varios sietes remendados, metida de adelante pero salida de atrás, marcaban perfectamente los atributos de la buena vida. La bombacha bataraza en invierno y de tela en verano, siempre le quedaba corta, lo que dejaba ver los tobillos que de a poco se continuaban con las alpargatas bigotudas del mismo color que aquellos, negra.
Por atrás y apenas asomando, se le solía ver el cabo de un rebenque machucado, el mismo rebenque que le sacó de prepo la Cata Peñaloza cuando se cortó la luz en una riña de gallos. Hecho que le provoco la volteada de sus dos dientes delanteros, logrando así que cerrara la boca un rato. Por delante y cruzado, un cuchillo marca Arbolito, el cual se acomodaba en las verijas justo de atrás de la rastra de carpincho. Varios bolsillos la adornaban, siempre vacíos ya que la plata la llevaba en la boina. De atrás, se veían pegadas las monedas ordinarias de la época de la colonia y un de adelante un frente de alpaca con un ñandú estampado.
De voz muy gruesa, fundamentalmente de mañana y después de alguna mamúa, pausada, mezclada con la zeta de aquel par de dientes perdidos en la riña de gallos, el Chajá contaba sus historias con un castellano rápido, impertinente, mal hablado y mixturado con la tonada litoraleña de la zona, aunque todo el mundo sabía muy bien que era cordobés. A medida que iba contando, la voz se le iba perdiendo para el final de cada frase o cuando quería acentuar, de manera que había que prestarle mucha atención.
El pueblo del Chajá Oiguirribigorriaga tenía desde la soberbia de los caballos de carreras y de las harás, hasta la belleza natural de un juego de tabas o de bochas. Tenía desde personajes famosos hasta aquellos peones que con sus historias alegraron los fogones. Tenía de todo.. menos la idea de permanecer como pueblo.
El pueblo fue un gran campo sembrado y repleto de animales en cuyo interior existieron varias cuadras pobladas con gente que siempre hacía lo mismo. Se levantaban, algunos no tan temprano, otros sí, para hacer los trámites bancarios o las compras o incluso combatir las horas en la vereda mientras saludaban a los que pasaban en bicicleta o a caballo.
Dos calles principales cortaban transversalmente al pueblo en un recorrido de varias cuadras, hasta que se caía a la parte de atrás de alguna estancia o hasta el campo de los Fulanos por el otro lado, como para nombrar puntos de referencia. Hacia el norte, el pueblo comenzaba desde el Matadero de los Leiva y se extendía por la llanura hasta los silos en frente del cementerio. Varios caminos de tierra se le despegaban radialmente, algunos iban para las postas y otros comunicaban a los pueblitos vecinos.
Por el medio del pueblo pasaba el ferrocarril, un ramal desde la gran ciudad hacia otra ciudad importante y sus vías dividían al pueblo en dos partes, una norte y otra sur. Vivir en el lado norte significaba no ser del lado sur y vivir del lado sur significaba odiar a los del lado norte. Siempre estaban, como decía el Chajá "...los que viven d’este láu e’la vía y los que viven del otro láu e’la vía.... Los que viven del otro láu e’la vía ya se van yendo pa’vivir d’este láu e’la vía pa 'no ser más di’aquel láu e’la vía y pa’poder gozar e’las beneficiacione e’los que viven d’este láu e’la vía...mentiende?..."
El tren pasaba todos los días a las 7 de la mañana y la corneta se escuchaba desde varias leguas, principalmente desde la casa del Chajá que estaba a 200 metros de la estación. El tren, a esa hora, llevaba o traía gente hacia los demás pueblos vecinos. A las 7 de la mañana "diba pa’llá y a las 7 e’la tarde venía pa’cá", como decía el Chajá.
A la vuelta de su casa se situaba el club deportivo "Los 17", llamado asi porque fueron catorce los fundadores. La cuestión es que en ese club se juntaban con mucha frecuencia a comer asados, jugar a las bochas, al dominó, al billar... o a pelear. Por la misma calle, a una cuadra para arriba estaba la casa del Vasco, el padrino del Chajá y buen cuentero también. Dos cuadras más, una para la derecha y una para la izquierda estaba el club "Inpertinente". Un club que estaba bien situado de este lado de la vía y en dónde se jugaba a la pelota a paleta o al tenis. Por supuesto siempre jugaban los mismos y los que querían aprender algo debían esperar a tener "otras" cosas o a vivir del mimo lado de la vía.
Aquella misma calle, para abajo, se topaba con la estación del tren, y a media cuadra más se encontraba el club "Escarmiento". Lugar de timba permanente en dónde muchos han quedado de a patas y otros se han tenido que ir. Club espeso de ambiente al que solía frecuentar el Chajá para pispear las cosas de los gringos o escuchar historias y chimentos de pueblo. Casualmente este club estaba de aquel lado de la vía...
Al lado de la casa del Chajá, vivía el Maní y hacia atrás don Pantaleón. En frente, el Gallego de las Matracas justo al lado de ña Cobrano. El Maní siempre salía a la maniana temprano a la vereda para abrir su boliche de artículos para el hogar. Más atrás de lo de don Pantaleón no había nada más que las vías del tren y un camino entoscado que llevaba a los silos de la Cooperativa Cerealera del pueblo, ahora totalmente fundida. Debajo de estos silos siempre se encontraba algún croto hechado comiendo alguna gallina robada, o donada gentilmente por el Chajá, que seguramente ya la habia robado del gallinero del frente de su casa.
A media cuadra, como quien va para la ciudad importante, estaba el Telégrafo el cual era manejado por el Jefe, siempre arremangado de camisa blanca y vicera negra. En frente del Telégrafo estaba la bicicletería de la Liendre Parda, el que le soldaba la bicicletas al Chajá y sobre la esquina del Telégrafo, la Apoteca del Pueblo. Cuadras más, cuadras menos, el pueblo se terminaba ahí mismo para los que vivían de este lado de la vía. Del otro lado de la vía y a la vuelta del club Escarmiento, estaba el Boliche de baile Patapunta y en frente la confitería. Para el otro lado estaba el Correo y para el fondo el único hospital. A 15 leguas para allá estaba el “Galpón”, lugar dónde siempre ocurría algo.
Mas allá de aquellos límites, solamente campo, largo y llano partido por arroyos y sembrado de taperas.
Mauricio Di Fulvio
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