RECUERDOS DE LOS AÑOS DE PLOMO

Parte I

El loco se subió los pantalones que la barriga creciente se encargaba de desacomodar y aprovechó para acomodarse los testículos. Con su voz algo aguda siguió diciendo:

- Si macho, esos no tienen huevos. ¿Sabés lo que haría yo? Llamaría a esas locas de la Plaza y les pediría la listita. Y empezaría, "a ese lo fusilamos. El otro no aguanto la tortura." Y así con cada uno. Si no quedó ningo vivo hermano. Los hicimos mierda."

Esos que no tienen huevos eran los miembros de la Junta Militar que habia tomado el poder en 1976. Corria el año 1981 y estaba liderada por Galtieri, el célebre general de las Malvinas.

Pocos meses atrás había desembarcado yo, con 19 años, de un omnibus que me llevó a Buenos Aires donde mis quimeras se harían realidad. El comienzo fue muy duro, porque la soledad y mi primer traspié en la Universidad me habian puesto en aquel edificio de la Avda. Alem, haciendo esquina con Marcelo T. de Alvear a trabajar como cadete. El edificio pertenecía a los Patrón Costas, capitanes de la industria del tabaco, dueños de San Martín del Tabacal. En el mismo edificio estaba Swift Armour, Dycasa (constructora), Pethersen Thiele & Cruz (tambien constructora) y algunas otras empresas mas pequeñas.

Mi trabajo era la negacion misma de la palabra. Por las mañanas repartía correspondencia, y hacía algunos mandados. No tenía oficina y asi quedaba todo el tiempo en el hall del edificio, sentado detrás del tablero de ascensores. En un escritorito al lado mio, se ubicaba alguien de seguridad de una empresa privada. Por las mañanas le tocaba al viejo Matrella o Matrera, jamás pude entenderle el nombre, un mozo jubilado del Jockey Club bastante estúpido. Su jefe (y jefe de seguridad del edificio) era García, un tipo con cara de bueno y medio boludo, que pasaba todo el tiempo dentro de la oficina junto con mi jefe, Marangello, el gerente del consorcio y como tal a cargo del mantenimiento, de cara lavada y cínica, y apretado traje gris claro con gustos snobs de nuevo rico.

Después de almorzar junto con los muchachos de mantenimiento volvía a subir al hall y allí la tarde se hacía interminable.

A las dos llegaba Juan Carlos Torres, alias el loco, sargento de la Policia Federal, en ese momento adscripto a la Superintendencia de Inteligencia. De unos 40 pirulos, era el arquetipo jungiano del cana argentino (si es que tal arquetipo existe). Tenía hasta la varanda de todos los canas que he conocido, incluyendo el olor a calzoncillo sucio. Bigotito, cara redonda, 1.75m de estatura, pelo bien corto y muy crespo de calva incipiente.

El loco entraba en la Superintendencia a las 6 de la mañana. Salía cerca de las 2 de la tarde y venía para el edificio de Alem a hacer una changa (prohibida) como seguridad del edificio, se quedaba hasta las 10 de la noche y alli regresaba a su departamento de Villa Lugano. Estaba casado y tenía 6 hijos. El depto. de Lugano tenía uno o dos cuartos, no recuerdo ya, pero con seguridad insuficientes para su prole. La mayor de sus hijas vivía con los abuelos. Cuando llegaba a su casa eran cerca de las 11 de la noche. Se acostaba a la medianoche y, para dormir rapido, tomaba pastillas. Se levantaba a las 4 de la mañana. Así que las tardes se le hacían larguísimas también a él y se quedaba vuelta a vuelta dormido sentado. Su destino era no tener sueño cuando debía dormir y dormirse cuando debía estar despierto.

Por su trabajo como seguridad privado decia ganar $ 110 de alguna de las tantas monedas que hemos tenido (serían los pesos ley). Ese dinero lo usaba íntegramente para pagar la cuota de su Torino blanco de dos puertas. Su vida era un infierno, porque no descansaba durante la semana y los fines de semana lo torturaban sus hijos y su mujer.

Y así, en aquellas tardes larguísimas de aquel infinito invierno de 1981, el loco se confesaba. Como Astiz 17 años después, el también necesitaba mostrar a los demás sus heróicas proezas. Su convicción no le alcanzaba. Fue un ejecutor y recibió ordenes que ejecutó ciegamente. Como Astiz. Y como Astiz estaba convencido que esos eran los unicos medios para acabar con los comunistas.

Las confesiones del loco fueron para mi el desfloramiento en la represion. Venía de Paraguay donde matar por razones políticas era moneda corriente desde los años 40 (aquella guerra civil y la represión posterior de Morinigo, y el toque de queda de Stroessner, y...) pero mi inocencia y no poco chauvinismo me hacían negar que eso ocurriera en la misma proporción en Argentina.

Aqui van las confesiones del loco. No en el orden en que el me las contó, mi memoria no da para ello, sino como las acomodé yo cronológicamente en su vida. Cuando hablo de sus historias es su voz la que me lleva, cuando habla él, es mi recuerdo de sus frases, aun grabadas en mi memoria. No dudo que se daba mas importancia de la que realmente tenía. Pero de muchas de las cosas que me contó, fue testigo de primera o tal vez, segunda mano.

Parte II

El primer punto que hizo boleta fue un chorro común. Había salido de ronda junto con su viejo, también cana, y llegaron a un edificio donde había un robo. Él, mas nuevito, quedó como campana.

- De repente uno salió corriendo por la puerta. Lo vi venir y no dudé. Le disparé a quemarropa y a medio metro un tiro de mi Itaca. Salió volando y cayó sobre el capó de un auto. Juajuajua. Era un amasijo de tipo. Después vino mi viejo y me dijo, "tranquilo pibe. Esta todo bien".

Pero no fue allí donde le empezaron a llamar loco. Tal vez cuando lo destinaron al Cordobazo.

- Yo iba montado en una moto de espaldas al conductor y con una Itaca. Una vuelta entramos en una galería persiguiendo chabones. Y yo empecé a tirar para todos lados. Pam! Pam! Pam! tiraba para los vidrios de los negocios y se hacian mierda. Parecía una de serie de televisión. Hice un quilombo!

Aunque sus recuerdos del Cordobazo se nublaron el día que yendo con la moto, le tiraron bolitas de rulemán:

- La moto se fue a la mierda. Y a mi me agarraron entre un montón y casi me matan. Pasé dos días inconciente. De ahí me devolvieron a Buenos Aires.

Y entonces mostraba su admiracion por el jefe de la represión en Córdoba, el Gral Villar:

- Ese tipo tenia huevos che. Iba en una tanqueta. Llegaba a una barricada. Se asomaba, y tranquilamente lanzaba una granda. BOOOM! Y a la mierda con la barricada.

Parte III

Los recuerdos del loco pasaban entonces a la represión en Tucumán. Recordaba los entrenamientos, las marchas forzadas bajo nube de gas lacrimógeno para acostumbrarse.

- Una vuelta habíamos agarrado a unos tipos y los teníamos en calzoncillo contra la pared dentro de una casa. Estábamos haciendo las diligencias cuando de repente uno de los hijos de puta saco una granadita de entre las bolas y la activó. Salimos todos de la habitación por una puertita. Fue un amasijo. La granada estalló y no quedó uno solo de los comunistas.

Pero de Tucumán lo devolvieron aun peor que de Córdoba. No me contó porqué. Tuvo licencia psiquiatrica, caída del pelo y profunda depresión. Así que su nuevo destino fue Ezeiza, cuando aun no existia la Policia Aeronautica Nacional. Un lugar tranquilo donde tuvo un fato que casi le cuesta el matrimonio. Cuando se recuperó, lo mandaron a la Superintendencia de Inteligencia.

Allí empezaba lo bueno.

Parte IV

¿Formaba parte de un grupo de tareas el loco? Sin dudas.

- Una vuelta nos mandan a buscar a un boga que vivía en el Barrio Norte. Un hijo de puta que defendía comunistas. Yo entré de los últimos y me mandé directo para el dormitorio. Abrí el placard y empecé a sacar los jetras, todos Pierre Cardin!! Me re-empilché. Porque hay botín de guerra, claro macho, que te parece? Después lo metimos al boga en el baul del no-identificado [n. del a.: vulgar falcon verde] y salimos de raje. En el camino nos paran otros de la Federal, y empiezan a tirarnos! Que boludos, no sabian que estabamos trabajando ahi.

Había botín de guerra, fue la primera vez que lo escuché y que después tantas veces fue negado. Pero el loco sabía de que hablaba.

- Una vuelta entramos a una casa y cuando salgo veo a uno que se iba con el calefón!!! Juajuajuajua! Con el calefón hermano!"

No había límites para la represión. Cualquiera ligaba.

- Una vez agarramos a unos tipos en la Avda. Rivadavia. Ya los teníamos esposados. Pero uno era yogui y se zafó de las esposas. Y el hijo de puta empezó a correr por la avenida como una liebre. Y nosotros atrás. De repente entra en un cine. Nosotros nos metimos también. Estaba todo oscuro porque estaban pasando una pelicula. Y yo entré a dar a cualquiera. Pa, pa, pa - y movía los brazos mostrando como había pegado a diestra y siniestra - ligaba todo el mundo, juajuajua! Después prendieron las luces y lo pudimos agarrar."

Los yoguis, como él los llamaba, eran sus guerrilleros admirados.

- A veces agarras a uno. Y empiezan a torturarlo. Y el tipo nada, no habla nada. Y le das y le das. Y el tipo nada. Son unos hijos de puta. Son yoguis hermano. Se bancan cualquier cosa. Pero lo mas feo de la tortura es cuando se quiebran. Se hunden y dicen cualquier cosa que les pidas.

No, no se torturó en Argentina en los años de plomo. Tampoco se fusiló a detenidos.

- Los chalecos antibalas los probábamos con los presos. Le poniamos uno, caminábamos unos metros y empezábamos a tirar. Pam! y cambiabamos de arma, y otra vez Pam! ¿Sabes que la FAL no la aguantan los chalecos?

O si no.

- Una vez estaban con un detenido y lo interrogaba el comisario. Y que le decía, "hablá hijo de puta, hablá que si no se pudre todo." Y el otro que no decía una palabra, "Hablá la puta que te parió que si no llamo a sangre." Y el otro que nada. "Oficial, llámelo a sangre!" le pidió a uno. Cuando sangre entró, el comisario le dice; "mire sangre, acá tenemos un hijo de puta que no quiere hablar, y yo le dije que si no hablaba Ud. lo hacía boleta. ¿Vas a hablar hijo de puta!?" Nada, che. Sangre ahi nomas sacó su reglamentaria y le metió un balazo en la cabeza. "¿Qué hizo sangre!!!??? Era para intimidarlo que yo le decía'' ``Y... yo pensé que era verdad..." dice el otro pelotudo. Juajuajuajua! La comisaría era un quilombo, habian volado cachos de cerebro por todos lados, un enchastre de sangre, juajuajua!!"

Epílogo

La vida del loco era un infierno. Ya lo dije. Era matón por convicción:

- A un chabón que andaba jodiéndola a mi esposa, un día lo agarré en el ascensor, le di dos o tres trompadas y le dije que la proxima vez lo haría desaparecer".

Y sufría enfrentamientos internos en la Policia, aunque el dijera que era la guerrilla:

- Me pusieron una bomba en la puerta de mi departamento. La tiraron abajo y parte de la pared. Hijos de puta.

¿Como pensar que fue la guerrilla la que quería matar a un simple matón de la policía? Y si fue, ¿por qué le pusieron una bomba que apenas tiro abajo la puerta? El tiempo me hizo reflexionar que se trató de un ajuste mafioso, una advertencia. El tiempo me mostró también que en la Superintendencia se armó la banda de comisarios secuestradores y extorsionadores mas poderosa que jamás se haya constituido en el pais. ¿Estaba en esa el loco?

¿Cuántas de las historias que me contó el loco, él las había vivido realmente? A veces pienso que era un mitómano necesitado de la admiración ajena. Pero él estaba cerca de donde se gestaban las historias. Las conocía de primera fuente. ¿Se llamaba realmente Juan Carlos Torres? Nunca lo encontre, bajo ese nombre, en ninguna lista de represores.

Pero tal vez era cierto que el había participado activamente de la represión, y que su nombre de guerra era loco y todo lo demas. ¿Qué se hizo de él? La última vez que lo vi, fue una soleada tarde de fines de octubre. La primavera me había alcanzado a mi y había decidido que aquel antro no era lo que quería. Largué el trabajo. El último día, me mandé la parte con un discurso marxista   ( confieso que no soy, ni lo fui, apenas queria molestarlo)   y él me dijo: "tené cuidado pibe, que el próximo vas a ser vos". Y me fui tranquilamente caminando en busca de mi destino.

Cuando se armó la CONADEP, en 1984, pensé que debía prestar declaración. No lo hice. Estaba en una situación personal complicada o si se quiere, estaba "en otra", lejos de todo el decorrer del mundo. Ademas, pensé, habría mejores y más directos testimonios para ofrecer.

Si hoy hay alguien que cree que estas declaraciones mías son importantes, me ofrezco a sostenerlas ante cualquier magistrado del Tierra. No tengo más que mis recuerdos como testimonio de mi verdad.

Estos escritos, que hago ahora públicos, espero que sirvan para comprender de que se trató la represion. Los dono, junto con los derechos autorales, al Libro de Manuel, porque aun creo que un pais, y un mundo mejor, son posibles. Porque creo que debe existir la memoria. Porque creo que debe haber justicia y castigo para los culpables. Y aparición con vida. Amen.

Contribución de Carlos Guillermo Giménez de Castro

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