Años después no recordaba en que época había sido, solamente recordaba, con seguridad, el año, 1976, y tal vez en primavera.
Tenía 16 años y su adolescencia transcurría donde el había querido.
Aun no sabia muy bien porque. Tal vez la fantasía de muchos chicos de ser "como San Martín", tal vez porque su primo mas admirado allí estudiaba, o por el motivo que fuera, el hecho es que sus estudios secundarios los seguía en el Liceo Policial de la Provincia de Buenos Aires.
Su rutina era todo lo tranquila que pudiera esperarse en esas circunstancias. Estudio, ordenes, gimnasia, alguna que otra transgresión por la que perdía algún día del preciado "franco de fin de semana" y con constantes advertencias acerca del "peligro" que entrañaba la subversión.
Muchos de sus compañeros eran hijos de policías, hasta recordaba a uno, hijo de un alto oficial de la policía que estaba allí obligado por su padre quien tenia pánico que su hijo sufriera las consecuencias del papel que el mismo había jugado durante esos años de terror.
Eran años de sobresaltos, con alguna noche sin dormir debido a "tiroteos", con su correspondiente carga de atacantes muertos (alguna vaca "terrorista" o algún jabalí "panfletero" fugado de la cercana estación de cría de animales salvajes) víctimas del celoso gatillo de los cadetes de la cercana Escuela de Policía. Las largas y a veces nerviosas guardias nocturnas que hacia en ese tiempo, eran matizadas de tanto en tanto con relatos hechos por policías "de verdad" de sus experiencias en combate contra la guerrilla. Así desfilaron por sus oídos, cuentos sobre fusilamientos, torturas, robos y otras sutilezas cometidas contra los "zurdos" enemigos de las tradiciones Occidentales y Cristianas.
Su memoria registraba y archivaba todo esto atribuyendo su autoría a la fértil imaginación de esos "cuadrados" que en su afán de impresionarlos inventaban cualquier cuento.
Pero alguna vez supo con certeza que la realidad era peor que el producto de la imaginacion de algún "cana", y que esta, era mas lúgubre de lo que estaba dispuesto a admitir.
Una mañana, formados en la plaza de armas del Liceo, su director, les informo que para esa noche, o la siguiente a mas tardar, se había averiguado que la "guerrilla" planeaba atacar alguno de los tres Institutos que la Policía mantenía en ese lugar (la Escuela de Suboficiales y Tropa, la Escuela de Policía y el Liceo Policial) separados por algo menos de un kilómetro uno del otro.
Por la tarde llegaron los "refuerzos de guardia" que ayudarían a repeler el esperado ataque. Carros de asalto, patrulleros y un mantón de policías armados hasta los dientes. Las ultimas ordenes dadas a los jovenes habían sido... "En caso de escucharse disparos, todos al suelo y si no hay disparos... todos durmiendo".
Esa primera y nerviosa noche no hubo ningún movimiento, el no estaba de guardia. Junto a sus compañeros, habían especulado en susurros, durante las horas de oscuridad, como había llegado la información la Policía, y que mal haría alguien en intentar algo contra semejante fortín. La siguiente fue diferente.
Las ordenes a los cadetes de guardia (entre los que se encontraba) le habían sonado algo extrañas "no salir de la Jefatura del Liceo". Estúpida orden, opinaban los pobres jovenes... Para que una guardia si no se puede salir a controlar?. Pero ordenes son ordenes y con todo el cuerpo de oficiales presentes (algo completamente anormal) no era cuestión de hacerse el rebelde.
Dormitaba sentado contra una pared, con su carabina a un lado (le habían retirado el cargador, que cosa mas extraña en semejante emergencia), cuando alrededor de las 3 de la mañana se empezaron a escuchar disparos, primero aislados, amortiguados por el espeso monte circundante y luego mas nutridos hasta que se convirtió, casi, en el sonido de una tela rasgada, imposible diferenciarlos individualmente.
Desde que escucho el primer disparo estaba parado, con la inútil arma en sus manos, alerta y esperando lo peor... y nada pasaba. Los oficiales que tantas ordenes le ladraron continuaban charlando y riéndose en el casino de oficiales, como si nada estuviera pasando. Increíble pensaba, deben estar todos sordos, hasta que "eso" llego. Ensordecedor, atemorizante, el estruendo de una explosión que hizo vibrar todos los vidrios del edificio.
Mágicamente los disparos cesaron. Todo esto pareció haber durado una eternidad, seguramente no fueron mas de 2 minutos. Y con el silencio, aparecieron los oficiales, nos informaron que ya podíamos estar tranquilos, el ataque había sido repelido, los "refuerzos" comenzaron a retirarse, los vio alejarse lentamente por el camino asfaltado, mientras en su bolsillo sentía el peso extra del cargador completo que le habían retirado al comenzar la guardia.
Las noticias, si mal no cree recordar, las leyó su madre, ignorando el peligro al cual podía haber estado expuesto su hijo en varios diarios de tirada nacional.
Varios oficiales fueron condecorados por haber impedido el copamiento, uno de ellos por haber acertado arrojar una granada en el vehículo en el cual se desplazaban los "terroristas" 17 de los cuales habían perdido la vida, entre ellos 7 mujeres, jovenes todos ellos, segun nos contaron los que tenían versiones de "primera mano" sobre lo sucedido.
Allí hubiera quedado la historia, la "historia oficial", la de los comunicados, la de los medios de prensa amordazados, y no tanto, si no hubiera sido por la curiosidad del "tano".
El "tano" tal como lo recuerda era un tipo honesto, severo y parco, pero honesto. El mejor elogio de el lo dio mas tarde un compañero de comisaría "es un boludo... no roba ni deja robar". El "tano" lucía su condecoración con orgullo, la había recibido un par de años antes por haber frustrado un robo a un banco, el solo contra tres asaltantes. Su orgullo... "me la dieron por valentía, no como las dan ahora", decía interrumpiendo su discurso.
Era vox populi que estaba "guardado" en el Liceo, si lo dejaban en la calle, lo hacían "boleta" sus propios compañeros.
Al "tano" le gustaba hacerlos caminar, caminatas largas, transpiradas y cansadoras, pero bellas. La frondosa arboleda los cubría del sol, en los descansos el pasto les brindaba un mullido y fresco colchón en fin, olvidaba por unas horas la pesada rutina de cuartel y gustaba imaginarse soldado en campaña de algún ejercito inexistente.
Poco tiempo después de esa noche, tal vez no mas de una semana después, el "tano" nos llevo de caminata hasta el lugar del "enfrentamiento". Estaba, si la memoria no le falla, camino a la estación Pereyra. A un costado del camino de macadam aun podía ver los restos de una camioneta, chamuscados y retorcidos, doblada en una extraña V invertida, como si un puño de colosal fuerza la hubiera golpeado desde abajo. En el centro del camino había un hoyo de aproximadamente metro y medio de diámetro y medio metro de profundidad.
A unos cincuenta metros del cráter el pavimento parecía picado de viruela. En medio de manchas que aun no se habían borrado de algún material oscuro, vio muchos, muchos agujeros circulares, casi perpendiculares a la superficie, pero claramente identificables como orificios de proyectiles.
La cara del "tano" se transformo en una mascara... solo dijo 3 palabras, "hijos de puta".
Contagiado por la curiosidad del "tano" ese fin de semana le pregunto a su tío Adalberto. El era, en esa época, comisario mayor y sub-director de asuntos judiciales de la Policía, respetado por quienes lo conocían, excepto su familia. Era alcohólico y mujeriego y nunca había estado metido en nada "turbio". Su contestación fue obvia. Eso, le dijo, fue un fusilamiento ordenado por el hijo de una gran puta de Camps.
Todo le cerro, las extrañas "ordenes", el aviso previo, la tranquilidad de los oficiales, la atroz cantidad de "guerrilleros" muertos, la falta de atacantes heridos y la ausencia de bajas, ilógicas en cualquier enfrentamiento.
Hay momentos en nuestras vidas en los cuales, brutalmente, descarnadamente, entramos en el mundo real, dejamos atras las fantasias y asumimos que Papa Noel no existe y que los Reyes Magos son los padres. Tal vez tarde, tal vez temprano, yo tome conciencia acerca de que algo monstruoso estaba pasando, justo en ese momento.
El hombre tiene una imagen estatica del mundo, grabada en su mente por accidente o por la fuerza mediante una cadena de asociaciones condicionales. El hombre cree que su tablero de grabacion es la realidad.
Contribución de Mauricio Daniel Alvarez (Solsi)